
Entre las montañas, en lo profundo de un valle
alejado e inaccesible a la raza humana, vivía una familia
ciclópea. Confinados a un lugar en el cual su
propia estirpe no podría hacerles mella, trataban de llevar
una vida apacible como pastores de ganado. Tenían más de
doscientas ovejas que les proporcionaban el abrigo y
alimento necesario para su subsistencia y una cosecha de
varios vegetales que, para su beneplácito, cada año se
levantaba con mayor prosperidad. Lurko, cabeza de familia,
madrugaba cada día para salir a pastorear sus ovejas al
alba y, en los días cortos de invierno, el ocaso le marcaba la
vuelta. Siempre que llegaba a casa, le recibía un espléndido
y jugoso estofado que su esposa Mergan le preparaba
amorosamente. Mientras, su hijo Mekl, ayudaba en el
cultivo, en la cosecha y en lo cotidiano junto a su madre.
Era un cíclope joven, insistente, curioso por naturaleza, y
siempre acometía a su padre cuando cruzaba la puerta y
dejaba el morral en la entrada con preguntas acerca de su
pasado y de la historia de su raza. No obstante, esta ansia
de conocimiento no hubiese, tal vez, florecido de no haber
sido por desobediencia de su amado hijo que,
aprovechando el descuido de sus padres, decidió subir a uno
de los riscos montañosos que limitaban el valle para
observar el mundo exterior. Cómo cíclope, pudo ver más allá
de a lo que un humano le alcanza la vista. Vio ciudades llenas
de seres que no debían tener más de la mitad de su tamaño.
Observó con atención el resto de cosas que la urbe le
mostraba, pero su mirada se fijaba siempre en los seres
con dos ojos y se preguntaba el porqué su padre le ocultaba
- Pero papá... yo ya veo más allá... – dijo Mekl algo
indignado.
- Lo sé hijo, pero tu visión se limita al espacio físico,
aún no has madurado lo suficiente... – dijo
palmeándole el hombro.
- Pero entonces... ¿somos diferentes? – insistió Mekl.
- Como te decía hijo, la diferencia no es un rasgo, es
una determinación social... – carraspeó poniéndose
en situación para explicarle con la máxima sencillez
aquello que quería expresar – veras... cuando
llegamos a este planeta, era un vasto vergel por
explotar y descubrir. Con los milenios, pasamos de
ser etéreos a adquirir la forma física que nos
permitiera vivir más acertadamente en este lugar.
Muchos de nosotros se envilecieron y nuestra
civilización estalló y quedó extinta. Sólo unos
cientos sobrevivimos y pasamos a ser pasto de
leyendas, de una mitología que nos mostraba como
seres crueles, irracionales y sedientos de sangre.
Hijos de dioses nos consideraban a algunos,
terribles y poderosos, implacables con la raza
humana. Esas historias nos obligaron a escondernos.
Antes de que nacieras, todos vivíamos en armonía;
ahora, nos vemos limitados a pequeños paraísos que
conforman nuestro hogar en cimas inalcanzables de
abruptos accesos. Pronto, nada será inaccesible al
hombre y crearán máquinas que les traigan aquí sin
dificultad. Entonces, tendremos que mostrarnos de
nuevo. ¿Qué si somos diferentes? Nuestra
estructura física es similar, a imagen del Creador,
pero somos más altos, más fuertes, más sabios y
tenemos un solo ojo a diferencia del par que ellos
ostentan. Aunque parezcamos monstruos, latimos
con un mismo corazón, sentimos y amamos, lloramos
y reímos. Incluso por el color de nuestra piel
seríamos tachados de diferentes, nuestro tono gris
verdoso no es muy común entre ellos. Hijo mío, la
irracionalidad y el deseo de marcar diferencias
entre unos y otros ha hecho que el hombre masacre
incluso a su propia raza, por sus ideas, por su piel,
por su simple nacer...
- ¿Por qué no se lo decimos? Podríamos ayudarles a
entender... – dijo con su infinita inocencia Mekl.
- Hijo mío, nos atravesarían con sus proyectiles antes
incluso de que pudiéramos abrir la boca... el miedo
les oprime y su instinto de supervivencia les insta a
matar y destruir para aplacar su sensación de no
control. Nos verían como el reflejo de sus viejos
libros de mitología y atenderían a lo que otros,
ignorantes de su pasado, imaginaron para
aterrorizarles y mantenerles a raya, temerosos de
sus dioses y la ira que de ellos despertara. – Ambos
callaron entonces, Mergan sirvió la cena y comieron.
Mekl apenas probó bocado, su curiosidad satisfecha
no le había dado lo que él esperaba.
Mekl siguió insistiendo cada día para que su padre
siguiera contándole cosas de ese otro mundo y de su propia
historia, pues tenía la certeza que la maldad e injusticia que
reinaba allá fuera podía ser redimida. Tenía un
presentimiento que su padre sabía era el brote de su
despertar como cíclope visionario. Vería incluso más allá que
sus progenitores, Lurko lo sabía, hasta ahí alcanzaba su
intuición, bien definida por su magnífico ojo. Le concedía un
voto de confianza y hablaba con su Creador para que Mekl
no se equivocara a este respecto. El Creador le serenó con
palabras de aliento y le avisó de un cambio cercano. Lurko,
tocado por la gracia, entonces lo vio claro; por un instante,
todo se mostró diáfano ante él. Su Creador sonrió y él
apagó la luz de la vela. Sumido en la oscuridad, suspiró y dio
las buenas noches a Mergan con un beso sobre su ojo
cerrado. Mañana, Mekl le esperaría otra vez, cuando él
volviese con sus ovejas. Entonces, le contaría de nuevo
parte de la historia del universo y de esta tierra que ahora
habitaban. Cuando su hijo alcanzara la madurez plena, sabía
que ya no serían necesarias más preguntas, su hijo tendría
todas las respuestas

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